viernes, 16 de marzo de 2012

Defensa de una concepción épica de la vida.

Los héroes son los que fundan la realidad, aquellos seres humanos cargados con una superabundancia de energía divina que, por eso mismo, han sido dotados con la misión de la transformación de la realidad y del mundo en algo apasionante, en una existencia plena de significados nuevos, de juvenil y renovada fuerza y valores, que convierten tanto al cosmos, como a la interioridad de cada hombre en estrellas de esplendor renaciente. Los héroes son los refundadores del ser, almas dotadas de la misión de inyectar la ambrosía del ser al ser.
Su alma se asemeja a las supernovas que explotan, en una diástole infinita de luz, refundando el orden que los abarca. Son dioses encarnados. A menudo incomprendidos, son los elegidos que pueden salir de la caverna para contar la realidad del brillo de un sol insospechado que, después de haber vislumbrado y conquistado totalmente, comunican luego la sed de su contemplación a sus congéneres aún dormidos en las tinieblas de la caverna.
La vida de estos héroes semidivinos, totalmente entusiásticos, que los reviste de auras angélicas y joyas astrales supracelestiales, los hace similares a los ciclos míticos que constelan las vidas de los Dionisos, los Hércules, los Osiris, los Mitras y los Apolos.
Sostengo que la vida de estos seres privilegiados cuya carga es una corona de envidiados diamantes, pero al mismo tiempo pesados y difíciles de llevar en el mundo de mediocridad al que son enviados para cambiarlo, refundarlo y renovar los ríos de energía que, como venas o raíces de luz, deben lavar de su estancamiento a la tierra, se asemeja al encantamiento del castillo de Atlante, tal como yo lo concebí antes de leer el Orlando Furioso de Ariosto.
Cuando leí cierto comentario acerca del canto XII del Orlando que hablaba sobre el castillo de Atlante, ese que el hechicero concibe para mantener a Ruggiero alejado de su destino heroico y sumido en una vida de placeres, interpreté mal (pero a la vez providencialmente) la descripción que del castillo se hacía. Y digo providencialmente porque mi interpretación fallida terminó siendo tan o más elevada que la concepción del castillo según la concibió el mismo Ariosto, porque da pie a una interpretación de heroica de la vida misma.
            Con el tiempo, cuando emprendí la lectura del Orlando en los versos mismos de Ariosto, entendí toda la grandeza de mi interpretación del ardid de dicho castillo.
El castillo, tal como se lo presenta en el canto duodécimo, es un laberinto donde los héroes son encerrados al entrar, porque el nigromante utiliza su magia para crear un único simulacro, el cual, no obstante, es percibido por cada uno de los héroes como el objeto máximo de su deseo, sea un corcel excelente, un amigo dilecto, o una doncella por cuyo corazón y posesión arde el guerrero de turno al que Atlante desea encerrar en los pasillos del palacio.
Una vez adentro, el héroe se mantiene encerrado, porque a cada paso, en cada habitación, pasillo, recoveco, o espejo del palacio, oye la voz de su objeto de deseo que solicita su auxilio, pero cuando llega al lugar de origen de ese pedido de ayuda, el grito desaparece y se lo escucha en otra parte... son mantenidos así semanas, meses, los caballeros andantes, impedidos de efectuar sus hazañas en el mundo.
Mi interpretación había sido un tanto diferente, basándome en un resumen que comentaba, en una Historia de la Literatura Universal,  los rasgos más sobresalientes del Orlando Furioso... años de regresar en mi mente sobre lo que había leído, me hicieron enriquecer fantásticamente el recuerdo de mi lectura, un tanto veloz, del resumen que antes del original, había caído en mis manos. Sin embargo, la elaboración que mi débil recuerdo dio al castillo de Atlante, a pesar de ser errónea, ciertamente lo enriqueció.
Yo había imaginado un castillo esplendoroso y radiante, hecho de diamante, y encerrado en una esfera de encantamiento y espejismo mágico. Los caballeros que vislumbraban el castillo desde afuera de la burbuja, lo veían bellísimo, y no concebían otro deseo más que el de penetrar la burbuja y acceder al palacio. 
            Una vez adentro, no obstante, el hechizo no obraba su mecanismo fascinador, y el castillo se volvía tétrico y sórdido. Entonces, sabedor a la postre de que todo había sido un embeleco y un espejismo de magia, el caballero sólo pugnaba por salir de lo que había resultado un engaño. 
            Esta liberación del globo de cristal les costaba trabajo a los caballeros, y no era tan fácil como la entrada, cuando la belleza ficticia del castillo los había embriagado, contemplándolo desde afuera de la esfera cristalina. 
            Después de lograr evadirse, si por ventura el caballero miraba hacia atrás (cosa que hacían todos invariablemente), volvía a encontrarse con el palacio radiante y embriagador, que obraba nuevamente su canto de sirena y el caballero, olvidado de todo excepto de su sed de gozar de la belleza del palacio, volvía a penetrar la esfera.
Así, todos los caballeros estaban en un perpetuo vaivén de sístole diástole, y en una prisión espantosa, que los obligaba a entrar y salir permanentemente de la esfera de cristal, y en ello se les iba su vida.
Creo hoy en día que la crueldad de este encantamiento no es tal, y que de una manera análoga se comportan las almas heroicas, es decir, la de los seres que, enamorados de la perfección, están destinados a implantarla poco a poco en este plano de existencia y realidad.
Ello es así porque las almas enardecidas en el amor heroico, en la visión épica de la vida al estilo caballeresco del amor cortés, quizás sólo anhelan volver a entrar en la carne, una vez desencarnadas, porque al salir de la esfera de cristal dentro de la cual ven la opresión sórdida de este mundo y su fealdad, vuelven a encontrarse con la utopía de la perfección, pero ven en ella teñido al mundo que acaban de dejar, y su sed de reencontrarse con esa altísima realidad perfecta los hace volver a entrar en la materia, volver a nacer, en una palingenesia eterna, si bien en realidad ello se debe a que en tales almas obra su efecto el hechizo del anhelo por querer la realidad de esa utopía, y su entrada continua en este plano -la esfera de la cristal- por más que después se topen con el desengaño de una realidad soez e injusta, llena de fealdad, tiene su raíz en que ellos mismos aportarán para que, lo que no encuentran de belleza una vez traspuestas las murallas de cristal, se dé en acto, por el esfuerzo y las empresas de esas mismas almas heroicas.
            Es como si ellos mismos se impusieran el espejismo, para ir así poco a poco mutando la fealdad del mundo que reina en el palacio encerrado en la esfera de cristal, para que algún día, con el paso de los eones, su belleza de encanto sea efectivamente real.
                                                                                                Diego Márquez Robledo

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