domingo, 8 de abril de 2012

Sobre el deleite de los libros

Revisaba una vieja cita que siempre me vuelve a la mente acerca del placer de los libros y del estudio como de un sacerdocio, que divide de las ocupaciones profanas, afines al lado de su vestimenta común y consagra al ámbito divino de su vida el lúcido Maquiavelo, y me impactó como nunca antes (gracias a que una amiga me la subrayó) la última frase en la traducción española, tan hermosa, tan potente en su mensaje, que decidí averiguarla en italiano, para recuperar su sabor original, que si tan bello y transparente era en castellano, cuánto más no lo sería (supuse) en italiano... sin embargo terminó agradándome más en español, si bien las palabras italianas originales no carecen de la fuerza que inesperadamente incrementó el traductor a su versión española:

Transcribo primero la frase en español:


"Y al caer la noche regreso al hogar y entro en mi studiolum; y en el vestíbulo me despojo del hábito cotidiano para ponerme las ropas áulicas y curiales; y así me introduzco en las priscas cortes de los hombres de la antigüedad, donde se me acepta amablemente, y me nutro de aquel alimento que es mío y para el que nací; allí no me avergüenzo de hablar con ellos ni de preguntarles la razón de sus acciones, y ellos, con toda humanidad, me responden; y durante esas horas no siento el menor hastío, olvido todas mis aflicciones, no temo a la pobreza ni me causa espanto la muerte: tan por completo me siento unido a ellos" (Maquiavelo 1513).

No tardé en encontrarla en italiano, en un libro de Google books sobre Tomás Moro, transcribo el entero pasaje del libro cuyo autor es Robert Southney, en un capítulo titulado About the enjoyment of books:
 
There is a beautiful passage in Machiavelli’s letters, describing the delight which he enjoyed in his studies. After a lively picture of his daily occupations in the country, he says:
(...) venuta la sera, mi ritorno a casa, ed entro in mio scritoio, ed in sull’uscio mi spoglio quella veste contadina, piena di fango e di loto, e mi metto panni reali e curiali, e rivestito condecentemente entro nelle antiche corti degli antichi uomini, dove da loro ricevuto amorevolmente mi pasco di quel cibo che solum è mio, e che io nacqui per lui; dove io non mi vergogno parlare con loro, e domandare della ragione delle loro azioni; e quelli per loro umanità mi rispondono; e non sento per quattro ore di tempo alcuna noia. Sdimentico ogni affanno, non temo la poverta, non mi sbigottisce la morte; tutto mi trasferisco in loro.

La carta es una epístola amical a Vettori, amigo de Maquiavelo, fechada el 10 de diciembre de 1513. A continuación (y valoro mucho esos tesoros que la intertextualidad nos aporta) Sothney me puso en conocimiento de una bella carta de Erasmo y de un poema de José Ángel Valente titulado "Maquiavelo en San Casciano" que glosan y enriquecen más la original cita de Maquiavelo:
Erasmus writes upon the same subject, with as much truth and feeling as Machiavelli, but there is less life in the letter, more of the author, and less of the man:
        
Quid verum faciam rogas? Amicis operam do, horum consuetudine gratissima memet oblecto. Quos tu tandem amicos mihi iactitas, inquis, homuncio levissime? An quisquam te visum aut auditum velit? Equidem non diffiteor fortunatorum amicos ese plurimos: at nec pauperibus desunt amici et quidem isti non paulo tum certiores tum commodiores. Cum his me concludo in angulum aliquem et, turba ventorum fugiens, aut cum illis dulcia quaedam mussito, aut eos aliquid insusurrantes audio, cum his non secus ac mecum loquor. An quicquam his commodius? Arcana ipsi sua celant nunquam, commissa summa cum fide continent: nihil foras quae liberius inter familiares effundere solemus, renunciant: vocati praesto sunt, invocati non ingerunt sese: iussi loquuntur, iniussi tacent: loquuuntur quae voles, quantum voles, quoad voles; nihil assentantur, fingunt nihil, nihil dissimulant; vitia tua tibi libenter indicant, nemini obtrectant: aut iucundia dicunt, aut salutaria: secundis in rebus moderantur, consolantur in afflictis, cum fortuna minime variantur; in omnia pericula te sequuntur, ad extremos usque rogos perdurant: nihil illis inter ipsos candidius. Commito subinde, nunc hos, nunc illos, mihi asciscens, omnibus aequus. Cum his amiculis optime N.. sepultus delitesco. Quas ego tandem opes, aut quae sceptra cum hac desidia commutavero? Verum ne nostra te fallat metaphora, quicquid de amiculis hactenus sum locutus, de libris dictum intelligas, quorum familiaritas me plane beatum effecit, hoc solo infortunatum, quod non tecum mihi haec felicitas contigerit” Erasmus, L. IV, Ep. 31.
Poema de José Ángel Valente “Maquiavelo en San Casciano”:
(…)
Llega al cabo la noche.
Regreso al fin al término seguro
de mi casa y memoria.
Umbral de otras palabras,
mi habitación, mi mesa.
Allí depongo
el traje cotidiano polvoriento y ajeno.
Solemnemente me revisto
de mis ropas mejores
como el que a corte o curia acude.
Vengo a la compañía de los hombres antiguos
que en amistad me acogen
y de ellos recibo el único alimento
Sólo mío, para el que yo he nacido.
Con ellos hablo, de ellos tengo respuesta
Acerca de la ardua o luminosa
Razón de sus acciones.
Se apaciguan las horas, el afán o la pena.
Habito con pasión el pensamiento.
Tal es mi vida con ellos
que en mi oscura morada
ni la pobreza temo, ni padezco la muerte.


Por supuesto, no pude evitar que volviera a mi mente el soneto que, sin dudas, fue inspìrado por las palabras de la carta de Maquiavelo a Quevedo, y que todo amante de los libros conoce:


DESDE LA TORRE

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos,
y escucho con mis ojos a los muertos.

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan, o fecundan mis asuntos;
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.

Las grandes almas, que la muerte ausenta,
de injurias de los años vengadoras,
libra, ¡oh gran don Joseph!, docta la emprenta.

En fuga irrevocable huye la hora;
pero aquélla el mejor cálculo cuenta
que en la lección y estudios nos mejora.

Francisco de Quevedo (Parnaso español, 1648, núm. 115)

Me sentí espléndidamente alimentado por este enriquecimiento, que me llevó de la frase de maquiavelo aen español (a través de mi sed de conocer cómo habían sido sus textuales palabras en toscano), a dos intertextos que yo ignoraba: la carta de Erasmo y el poema de  Valente... junto con un soneto que conocía, pero que había vinculado sólo en mi inconsciente al fragmento original de Maquiavelo...

Jugosa lectura la que el día de hoy me dejó mi inquietud por las bellezas de los libros!

Diego Márquez Robledo

jueves, 5 de abril de 2012

Primera MARGINALIA con la que me topé en un libro de librería de viejo que compré

Primera Marginalia con la que me topé, muy interesante.

de Diego Márquez, el Lunes, 24 de octubre de 2011 a la(s) 20:22 ·
Marginalia hallada en la primera página de la ANTOLOGÍA DE LA LITERATURA FANTÁSTICA, JORGE LUIS BORGES, SILVINA OCAMPO, ADOLFO BIOY CASARES.
Libro que compré en Mayo de 1989, en la librera de Gregorio Dujovne (nosotros lo habíamos bautizado "Samuel" por razones obvias, je), en Galería Cabildo, Córdoba Capital.


Combínense:

Mucha materia gris,  que no se conforma con cualquier cosa.
Mucha capacidad analítica, como para escuchar una disertación de Clément y sacar conclusiones.
Mucha imaginación como para soñar tiempos mejores  para esta trajinada patria nuestra.
Pero poco tiempo para leer largos mamotretos.
Y vida un poco agitada, que deja al cabo minutos fragmentados para leer, y pensar, y ser uno mismo.
Y una profesion que ni empieza cuando uno abre la oficina, ni termina cuando uno la cierra, sino que lo sigue malditamente a toda hora, hasta cuando va comer, dormir o... descansar y que hace necesaria alguna evasión, de a ratos.

Todo eso bien agitado (muy) agitado produce:

Necesidad de un libro que se pueda abrir a cualquier hora y en cualquier página, y permita conocer a algunos buenos autores, aunque sea en dosis homeopáticas (que, como la homeopatía, ha de hallar afinidades en uno mismo y dar resultado por eso, al margen del volumen).
Y que se pueda llevar en e bolsillo,; o en la guantera del coche.
Y que combine los clásicos con los modernos, pues la fantasía no tiene edad: eso es lo más fantástico.

Entonces, aunque sea apresuradamente, se puede elegir un libro como éste.

Para un varón nacido a mediados de Mayo, cuando nació gente sobresaliente: R. Tagore, Ortega y Gasset,Almafuerte, Krishnamurti, Clément.

                                                                                                                                Clément
                                                                                                                               (¡toros!)

12-V-71

La Discordia: habitante entre el clero y los abogados

La Discordia, entre el Clero y los abogados, según Ariosto

de Diego Márquez, el Domingo, 11 de marzo de 2012 a la(s) 16:11 ·
El pasaje donde Ariosto describe a la Discordia, a quien busca el arcángel Miguel por ordel de Dios para dividir al ejército sarradeno, es célebre, y creo que merece la pena conocerla en el toscano original en que fue redactada.

Se encuentra en el canto XIV del Orlando Furioso, octavas 82 a 84.

Quella che gli avea detto il Padre Eterno
dopo il Silenzio che trovar dovesse.
Pensato avea di far la via d' Averno,
chè si credea che tra' dannati stesse;
e ritrovolla in questo nuovo inferno
(Chi' l crederia?) tra santi uffici e messe.
Par di strano a Michel ch' ella vi sia,
che per trovar credea di far gran via.

La conobbe al vestir di color cento,
fatto a liste ineguali ed infinite,
ch'or la coprono, or no; che i  passi e' l vento
le giane aprendo, ch'erano sdrucite.
I crini avea qual d' oro e qual d' argento,
e neri e bigi; e aver pareano lite;
altri in treccia, altri in nastro eran raccolti,
molti alle spalle, alcuni al petto sciolti.

Di citatorie piene e di libelli,
d'esamine e di carte e di procure
avea le mani e il seno, e gran fastelli
di chiose, di consigli e di letture;
per cui le facultà dei poverelli
non sono mai nelle città sicure.
Avea dietro e dinanzi d'ambi i lati,
notai, procuratori ed avvocati.

La descripción es muy sabia, pues incorpora dos ámbitos criticados fuertemente: la Iglesia y los abogados.

traduzco:

Aquella que le había dicho el Padre Eterno
que después del Silencio solicitar debía,
creía que debía de buscar  camino del inferno,
pues pensaba que entre los condenados lugar tener debía.
mas la encontró en un nuevo inferno,
(¿quién lo diría?) entre los oficios y las misas...
raro le pareció a Miguel que ella more aquí,
cuando esperaba para hallarla tener que hacer mucho camino.

La reconoió en su vestimenta d emil colores,
cosido con linstones mil e infinios,
que por aquí la cubren, por allá no, y que sus paso sy el viento,
van abriedo, pues se halla toda desgarrada.
Sus cabellos era ya de oro, ya de plata,
y algunos negros, otros rojos, y parecía que entre ellos había litigio.
algunos trenzados, otros atados con un moño,
muchos sueltos a la espalda, y unos pocos sobre el pecho mostraba.

Estaban llenas de emplazamientos y citatorios,
de sumarios y de apercibimientos
estaban sus manos y su pecho,
de denuncias, de recomendaciones y de acusaciones,
que por tales cosas los bienes de los humildes
nunca seguros se hallan en las ciudades...
Por detrás, y por delante y a ambos lados,
la circuían escribanos, procuradores y abogados.

Elogio de la Colección AUSTRAL


Elogio de la Colección Austral

 

            Recuerdo mi primer encuentro con la colección Austral. No provengo de una familia de estudio, pero revolviendo un aparador de mi abuela, a mis tiernos 8 años, en 1983, aparecieron entre muchos libros de texto de mi madre (de su paso por la escuela secundaria) los Comentarios Reales del inca Garcilaso de la Vega de la colección Austral. Estaban muy bien conservados, tanto, como para suponer (lo presumo ahora, que me he acostumbrado a hacer este tipo de inferencias) que lo leyó muy poco, si es que lo leyó. Deduzco que fue uno de los textos pedidos por algún profesor de literatura en el colegio al que ella iba, el Cristo Rey de Córdoba capital, República Argentina, por allá por 1966.
Ya en ese primer encuentro de 1983, recuerdo fehacientemente, hubo un magnetismo entre este librito y yo (pero no para leerlo). Su formato, su tipografía, y sobre todo, su cubierta, me fascinaban... me atraían particularmente las pecas blancas, que tenían cierto efecto psicodélico, y el emblema, Capricornio (descifré mucho después la razón del motivo representado) y tengo muy presente que me gustaban inexplicablemente.
            Con el paso de los años he comprendido que esa cabra con cola de pescado es el signo zodiacal de Capricornio y la constelación correspondiente, y más tarde aún, entendí lo que ello significa en cuanto a que la editorial debió trasladarse a Argentina, tierra austral bajo el trópico de Capricornio, que da la explicación del logo de la editorial.
            Con el correr de los años, se intensificó mi gusto por los libros, y empecé a merodear y fatigar las librerías de viejo de Córdoba. No fueron pocos los ejemplares usados de la Colección Austral que fui exhumando. Pero yo aún no despertaba a una plena conciencia de la fascinación y la amistad entre sus volúmenes y mi mente. Sin embargo, la amistad se iba forjando de manera inconsciente... Llegaban a mis manos desde los estantes de las librerías de usados, a veces con la pellica de color y sus motitas blancas; otras, sin esta especie de peninsular albornoz tan característico, que no había sabido escapar a los naufragios del tiempo o a las piraterías de lectores inescrupulosos... Como, sea, si algún tomito Austral que encontraba me gustaba y estaba dotado todavía del sobrepelliz, ya encarnado, ya amarillo, ya azul, ya gris, ello era un plus más de hermosura del libro. A pesar de su humildad, algunas de estas vestes cuentan con un perlado y una textura que parecen de un satinado antiguo, y que no se puede reproducir hoy en día, constituyendo un atractivo, un plus de amenidad que mejora el hallazgo.
            Mítica colección!, es el paradigma de la lectura recoleta, humildes ejemplares, pero profundos por antonomasia, por la "habsbúrguica" severidad española de su formato, como revestidos con las galas de un místico ermitaño, severo, pero pulcro y adobado en la compostura de su saber.
            Incluso la vejez de los libritos de Austral, en los volúmenes de 1948 hacia atrás, es fragante, con un aroma y un dorado viejo que no tienen otros libros... es hermosa la sobrecubierta moteada (que en las librerías de usados a veces no se halla) y, como ya afirmé, suele ser un plus gratificante cuando compramos un volumen usado, si está brillante y bien conservada. La otra vez invité a oler las hojas a un alumno... me miró como si yo estuviese loco, pero insistí en la propuesta y apenas sacó la nariz de su experimento olfativo, exclamo ¡olor a vainilla! quedé feliz con la comparación, sabrosa y agradable...
En otros casos, difiere la textura del papel interno de las hojas: a veces, son más satinados los folios, pero en otros casos, son tan ásperos y secos, que su textura no resiste ni el paso de un lápiz en acotación de marginalia, porque se hunde la mina y el papel se quiebra, casi como si quisiera desgranarse... En todos los casos, me resulta grata la relación que establezco con estos dignos hijos de los manuscritos y pergaminos antiguos, y aunque alguien me retrueque que se trata de alguna rara perversión fetichista, ello no me mueve un pelo, ni hago un solo pestañeo de más y vuelvo a zambullirme en lo que yo sé que es la lectura más amena: la de un veloz ejemplar de la colección Austral... y esto es mágico, porque muchas veces, la experiencia me ha entregado el raro fruto de la siguiente certeza: que alguna obra, que en otras ediciones me ha resultado pesada e insostenible, cuando la leo en Austral (y no porque ello se base en la traducción) me ha resultado, mágica e inexplicablemente, casi como por embeleco o cosa de brujería, más amena y así, la obra misma se ha visto iluminada, se ha convertido en algo interesante, algunos pasajes es como que resaltan por sí mismos, y aunque alguien me rebata diciendo que mi pensamiento sigue por sendas de anticuariato o rezuma simpatías herméticas extrañas a todo lo racional, no me importa: yo sé que de muchas obras que no habría leído en otras ediciones, los libritos de Austral me han resaltado sus valores, brillando sus tesoros intrínsecos en esas páginas, quizás por el contraste de su sencillez en papel sin pretensión, no lo sé... o quizás por una magia que está aún por ser descifrada...
Vez pasada le mostré uno de estos libritos a un colega, profesor como yo de literatura, y me dijo: "Tenemos que comprar para regalar un libro al ganador del concurso literario que se ha organizado entre los cursos del colegio, pero no se te vaya a ocurrir comprar uno de esos usados porque nos lo van a tirar por la cabeza " cosa que me espeto después de mirar como con compasión el trigueño y minúsculo volumen que yo tenía en mi mano, que parecía torrado, tostado como una cajita de hebras de té entre los dedos, y, mientras él miraba así, tristemente mi encanecido y trigueño ejemplar de hojas sombreadas como por un melancólico crepúsculo dorado, yo lo miraba a él, con más lástima todavía pensando que sus parámetros de estética tenían que ver con papel blanco y corazón inodoro ante el experimento de catar el aroma del libro... Me dolió el comentario, porque si bien la lectura no es fácil en los volúmenes más viejos de Austral, si las líneas de imprenta son apretadas, esa austeridad, por contraste con las raras y delicadas obras de la colección, los vuelven más preciosos para los que nos deleitamos en los efluvios y emanaciones que desprende el incienso de los años de cada tipo de papel, cuando ascienden hasta la pineal, en una catación profunda y acompañada de introspección, con la cual abordamos la bienvenida de un nuevo libro antiguo a nuestras manos...

Hogazas de pan, cola de perro griego y cortinas de humo


Hogazas de pan, cola de perro griego y cortinas de humo


Es conocido el tópico del cuento de hadas en los que un príncipe, para rescatar alguna doncella, debe enfrentarse con un umbral donde dos perrazos o mastines, famélicos y salvajes,  le salen al paso y lo amenazan con una muerte por desmembramiento con sus filosos colmillos. Generalmente, el héroe salva este obstáculo prevenido por algún mago que le aconseja llevar bajo sus hombros hogazas de pan, que arrojará a los perros para entretenerlos, hasta que el héroe pueda trasponer tan peligroso umbral.
Cuenta Plutarco que Alcibíades poseía en su juventud un perro carísimo que destacaba por su belleza. Como era el niño mimado de Atenas, se convirtió inevitablemente en el centro de atención de todos, de manera que allá por donde pasaba se levantaba inmediatamente una polvareda de comentarios sobre su persona.
Es conocido que Sócrates también se interesó por él, aunque no consiguió introducir ni una brizna de sensatez en su desmedido afán de gloria. Alcibíades para evitar llamar demasiado la atención, decidió cortar el rabo a su perro, lo cual fue motivo de unánimes críticas. Pero cuanto más arreciaban las críticas, más tranquilo se mostraba él, ya que mientras los atenienses se fijasen en la cola del perro, él pasaría más desapercibido. Basándose en esta anécdota Barbey d’Aurevilly escribió Cuarenta medallones de la Academia Francesa, o la cola del perro de Alcibíades y Gustave Flaubert compuso esta entrada en su Diccionario de prejuicios: “ALCIBÍADES: Célebre por la cola de su perro. Tipo de disoluto. Se veía a menudo con Aspasia”.
Precoz ingenio de la corrupción política, de los gajes propios de la ciencia de más sofisticada del arte del robo público: la cortina de humo, tanto en el caso de las hogazas de pan, como el de la cola del sabueso del bello griego. En las consejas, porque las hogazas parecen calmar el furor de la opinión pública y le permitirán al jovencito hacer lo que quiera después de calmar la atenta vigilancia de los celosos canes; y en el caso de la historia griega, porque ya en ese entonces, la acción de Alcibíades rezuma el sabor de una cortina de humo que desviaba la atención de la opinión pública sobre u objeto inconsecuente y nimio, que le permitía obrar con desparpajo y a sus anchas, entretenido e pueblo, como otro perro, con el trozo de pan que le arrojaba Alcibíades en la comidilla de haberle cortado la hermosa cola a su perro...
Los políticos con éxito son aquellos que cuando es necesario le cortan sin piedad la cola a su perro para llenar con su imagen las portadas de los periódicos.

Nube de Polonio

La nube de Polonio

de Diego Márquez, el Martes, 18 de octubre de 2011 a la(s) 18:09 ·
Shakespeare nos ha dejado un fragmento memorable, al que yo no había prestado atención hasta que me lo recalcó mi lectura de El Anticuario, de Walter Scott (cap. III), cosa que suele suceder, ya que muchas veces, en lo referente a algo memorable, trascendente o jugoso de una frase o pensamiento no paramos mientes en ello hasta que alguien nos lo subraya desde una vía externa.
Hamlet, en el acto tercero, escena 18,  señala a Polonio, el consejero más versátil que una veleta, una nube, y le dice:



Hamlet -¿ves aquella nube que se parece tanto a un camello?
Polonio -Por Dios, que realmente parece un camello.
Hamlet -Creo que es como una comadreja.
Polonio -Pues sí, tiene el dorso de una comadreja.
Hamlet -O de una ballena.
Polonio -Exacto; de una ballena.

Esa acomodaticia opinión, tan común en los ganapanes y en los oficialistas, es una enfermedad de nuestros días. Toddos envueltos en una bandera e la cual no piensan mucho , que dirige su opinión, a la cual se amoldan como si se tratara de espejismo (porque realmente lo es), sin dejar germinar u criterio propio que, razonadamente, se amolde o no  al parecer dictaminado por quien detenta el poder...

Recuerdo, al pasar, algo semejante, que tiene que ver con la total indigencia (o su simulación) de una opinión propia de la manipulación del pensamiento, que se observa en certas pintadas que aparece por Córdoba (y en el mundo) en donde, por comodidad ,el mensaje se estampa en una chapa calada, sobre la cual, cómodamente después, se dispara pintura en  aerosol, permitiendo multiplicar e mensaje como si de una imprenta se tratara... creo que en este caso, es fácil manipular las mentes, todas igualitas de los jóvenes que se enarbolan ciegamente una bandera cómoda, en cuyos ideales no piensan demasiado, porque sus clichés están ya más masticados que dogmas eclsiásticos y que no admiten variabilidad... sus mentes son tan huecas y han sido manipulaas sin posibilidad de criterio propio, i más ni menos que esas chapas con las que andan y cuyos mensajes estampan en paredes, y sobre todo en el piso, para intentar llegar casi como mensjas subliminales, en los tranquilos peatones qu miran al piso, y que no se pueden lbirar del bombardeo de opinión ni siquiera observando el piso en medio de cavilaciones más puras... pues se  encuentran allí con las frasecitas en contra de tantas cosas, con sus clichés prefabricados.

Lo primero que comenté, el amoldamiento ingenuo (o más bien capcioso y subrepticio) de los obsecuentes medradores, es lo que suele denominarse también Eonismo, por el Chevallier d' Éon, que según conveniencia del rey Luis XV, para quien trabajaba como espía secreto, se dsfrazaba ya de hombre, ya de mujer, en un travestismo político...

viernes, 16 de marzo de 2012

Defensa de una concepción épica de la vida.

Los héroes son los que fundan la realidad, aquellos seres humanos cargados con una superabundancia de energía divina que, por eso mismo, han sido dotados con la misión de la transformación de la realidad y del mundo en algo apasionante, en una existencia plena de significados nuevos, de juvenil y renovada fuerza y valores, que convierten tanto al cosmos, como a la interioridad de cada hombre en estrellas de esplendor renaciente. Los héroes son los refundadores del ser, almas dotadas de la misión de inyectar la ambrosía del ser al ser.
Su alma se asemeja a las supernovas que explotan, en una diástole infinita de luz, refundando el orden que los abarca. Son dioses encarnados. A menudo incomprendidos, son los elegidos que pueden salir de la caverna para contar la realidad del brillo de un sol insospechado que, después de haber vislumbrado y conquistado totalmente, comunican luego la sed de su contemplación a sus congéneres aún dormidos en las tinieblas de la caverna.
La vida de estos héroes semidivinos, totalmente entusiásticos, que los reviste de auras angélicas y joyas astrales supracelestiales, los hace similares a los ciclos míticos que constelan las vidas de los Dionisos, los Hércules, los Osiris, los Mitras y los Apolos.
Sostengo que la vida de estos seres privilegiados cuya carga es una corona de envidiados diamantes, pero al mismo tiempo pesados y difíciles de llevar en el mundo de mediocridad al que son enviados para cambiarlo, refundarlo y renovar los ríos de energía que, como venas o raíces de luz, deben lavar de su estancamiento a la tierra, se asemeja al encantamiento del castillo de Atlante, tal como yo lo concebí antes de leer el Orlando Furioso de Ariosto.
Cuando leí cierto comentario acerca del canto XII del Orlando que hablaba sobre el castillo de Atlante, ese que el hechicero concibe para mantener a Ruggiero alejado de su destino heroico y sumido en una vida de placeres, interpreté mal (pero a la vez providencialmente) la descripción que del castillo se hacía. Y digo providencialmente porque mi interpretación fallida terminó siendo tan o más elevada que la concepción del castillo según la concibió el mismo Ariosto, porque da pie a una interpretación de heroica de la vida misma.
            Con el tiempo, cuando emprendí la lectura del Orlando en los versos mismos de Ariosto, entendí toda la grandeza de mi interpretación del ardid de dicho castillo.
El castillo, tal como se lo presenta en el canto duodécimo, es un laberinto donde los héroes son encerrados al entrar, porque el nigromante utiliza su magia para crear un único simulacro, el cual, no obstante, es percibido por cada uno de los héroes como el objeto máximo de su deseo, sea un corcel excelente, un amigo dilecto, o una doncella por cuyo corazón y posesión arde el guerrero de turno al que Atlante desea encerrar en los pasillos del palacio.
Una vez adentro, el héroe se mantiene encerrado, porque a cada paso, en cada habitación, pasillo, recoveco, o espejo del palacio, oye la voz de su objeto de deseo que solicita su auxilio, pero cuando llega al lugar de origen de ese pedido de ayuda, el grito desaparece y se lo escucha en otra parte... son mantenidos así semanas, meses, los caballeros andantes, impedidos de efectuar sus hazañas en el mundo.
Mi interpretación había sido un tanto diferente, basándome en un resumen que comentaba, en una Historia de la Literatura Universal,  los rasgos más sobresalientes del Orlando Furioso... años de regresar en mi mente sobre lo que había leído, me hicieron enriquecer fantásticamente el recuerdo de mi lectura, un tanto veloz, del resumen que antes del original, había caído en mis manos. Sin embargo, la elaboración que mi débil recuerdo dio al castillo de Atlante, a pesar de ser errónea, ciertamente lo enriqueció.
Yo había imaginado un castillo esplendoroso y radiante, hecho de diamante, y encerrado en una esfera de encantamiento y espejismo mágico. Los caballeros que vislumbraban el castillo desde afuera de la burbuja, lo veían bellísimo, y no concebían otro deseo más que el de penetrar la burbuja y acceder al palacio. 
            Una vez adentro, no obstante, el hechizo no obraba su mecanismo fascinador, y el castillo se volvía tétrico y sórdido. Entonces, sabedor a la postre de que todo había sido un embeleco y un espejismo de magia, el caballero sólo pugnaba por salir de lo que había resultado un engaño. 
            Esta liberación del globo de cristal les costaba trabajo a los caballeros, y no era tan fácil como la entrada, cuando la belleza ficticia del castillo los había embriagado, contemplándolo desde afuera de la esfera cristalina. 
            Después de lograr evadirse, si por ventura el caballero miraba hacia atrás (cosa que hacían todos invariablemente), volvía a encontrarse con el palacio radiante y embriagador, que obraba nuevamente su canto de sirena y el caballero, olvidado de todo excepto de su sed de gozar de la belleza del palacio, volvía a penetrar la esfera.
Así, todos los caballeros estaban en un perpetuo vaivén de sístole diástole, y en una prisión espantosa, que los obligaba a entrar y salir permanentemente de la esfera de cristal, y en ello se les iba su vida.
Creo hoy en día que la crueldad de este encantamiento no es tal, y que de una manera análoga se comportan las almas heroicas, es decir, la de los seres que, enamorados de la perfección, están destinados a implantarla poco a poco en este plano de existencia y realidad.
Ello es así porque las almas enardecidas en el amor heroico, en la visión épica de la vida al estilo caballeresco del amor cortés, quizás sólo anhelan volver a entrar en la carne, una vez desencarnadas, porque al salir de la esfera de cristal dentro de la cual ven la opresión sórdida de este mundo y su fealdad, vuelven a encontrarse con la utopía de la perfección, pero ven en ella teñido al mundo que acaban de dejar, y su sed de reencontrarse con esa altísima realidad perfecta los hace volver a entrar en la materia, volver a nacer, en una palingenesia eterna, si bien en realidad ello se debe a que en tales almas obra su efecto el hechizo del anhelo por querer la realidad de esa utopía, y su entrada continua en este plano -la esfera de la cristal- por más que después se topen con el desengaño de una realidad soez e injusta, llena de fealdad, tiene su raíz en que ellos mismos aportarán para que, lo que no encuentran de belleza una vez traspuestas las murallas de cristal, se dé en acto, por el esfuerzo y las empresas de esas mismas almas heroicas.
            Es como si ellos mismos se impusieran el espejismo, para ir así poco a poco mutando la fealdad del mundo que reina en el palacio encerrado en la esfera de cristal, para que algún día, con el paso de los eones, su belleza de encanto sea efectivamente real.
                                                                                                Diego Márquez Robledo