domingo, 8 de abril de 2012

Sobre el deleite de los libros

Revisaba una vieja cita que siempre me vuelve a la mente acerca del placer de los libros y del estudio como de un sacerdocio, que divide de las ocupaciones profanas, afines al lado de su vestimenta común y consagra al ámbito divino de su vida el lúcido Maquiavelo, y me impactó como nunca antes (gracias a que una amiga me la subrayó) la última frase en la traducción española, tan hermosa, tan potente en su mensaje, que decidí averiguarla en italiano, para recuperar su sabor original, que si tan bello y transparente era en castellano, cuánto más no lo sería (supuse) en italiano... sin embargo terminó agradándome más en español, si bien las palabras italianas originales no carecen de la fuerza que inesperadamente incrementó el traductor a su versión española:

Transcribo primero la frase en español:


"Y al caer la noche regreso al hogar y entro en mi studiolum; y en el vestíbulo me despojo del hábito cotidiano para ponerme las ropas áulicas y curiales; y así me introduzco en las priscas cortes de los hombres de la antigüedad, donde se me acepta amablemente, y me nutro de aquel alimento que es mío y para el que nací; allí no me avergüenzo de hablar con ellos ni de preguntarles la razón de sus acciones, y ellos, con toda humanidad, me responden; y durante esas horas no siento el menor hastío, olvido todas mis aflicciones, no temo a la pobreza ni me causa espanto la muerte: tan por completo me siento unido a ellos" (Maquiavelo 1513).

No tardé en encontrarla en italiano, en un libro de Google books sobre Tomás Moro, transcribo el entero pasaje del libro cuyo autor es Robert Southney, en un capítulo titulado About the enjoyment of books:
 
There is a beautiful passage in Machiavelli’s letters, describing the delight which he enjoyed in his studies. After a lively picture of his daily occupations in the country, he says:
(...) venuta la sera, mi ritorno a casa, ed entro in mio scritoio, ed in sull’uscio mi spoglio quella veste contadina, piena di fango e di loto, e mi metto panni reali e curiali, e rivestito condecentemente entro nelle antiche corti degli antichi uomini, dove da loro ricevuto amorevolmente mi pasco di quel cibo che solum è mio, e che io nacqui per lui; dove io non mi vergogno parlare con loro, e domandare della ragione delle loro azioni; e quelli per loro umanità mi rispondono; e non sento per quattro ore di tempo alcuna noia. Sdimentico ogni affanno, non temo la poverta, non mi sbigottisce la morte; tutto mi trasferisco in loro.

La carta es una epístola amical a Vettori, amigo de Maquiavelo, fechada el 10 de diciembre de 1513. A continuación (y valoro mucho esos tesoros que la intertextualidad nos aporta) Sothney me puso en conocimiento de una bella carta de Erasmo y de un poema de José Ángel Valente titulado "Maquiavelo en San Casciano" que glosan y enriquecen más la original cita de Maquiavelo:
Erasmus writes upon the same subject, with as much truth and feeling as Machiavelli, but there is less life in the letter, more of the author, and less of the man:
        
Quid verum faciam rogas? Amicis operam do, horum consuetudine gratissima memet oblecto. Quos tu tandem amicos mihi iactitas, inquis, homuncio levissime? An quisquam te visum aut auditum velit? Equidem non diffiteor fortunatorum amicos ese plurimos: at nec pauperibus desunt amici et quidem isti non paulo tum certiores tum commodiores. Cum his me concludo in angulum aliquem et, turba ventorum fugiens, aut cum illis dulcia quaedam mussito, aut eos aliquid insusurrantes audio, cum his non secus ac mecum loquor. An quicquam his commodius? Arcana ipsi sua celant nunquam, commissa summa cum fide continent: nihil foras quae liberius inter familiares effundere solemus, renunciant: vocati praesto sunt, invocati non ingerunt sese: iussi loquuntur, iniussi tacent: loquuuntur quae voles, quantum voles, quoad voles; nihil assentantur, fingunt nihil, nihil dissimulant; vitia tua tibi libenter indicant, nemini obtrectant: aut iucundia dicunt, aut salutaria: secundis in rebus moderantur, consolantur in afflictis, cum fortuna minime variantur; in omnia pericula te sequuntur, ad extremos usque rogos perdurant: nihil illis inter ipsos candidius. Commito subinde, nunc hos, nunc illos, mihi asciscens, omnibus aequus. Cum his amiculis optime N.. sepultus delitesco. Quas ego tandem opes, aut quae sceptra cum hac desidia commutavero? Verum ne nostra te fallat metaphora, quicquid de amiculis hactenus sum locutus, de libris dictum intelligas, quorum familiaritas me plane beatum effecit, hoc solo infortunatum, quod non tecum mihi haec felicitas contigerit” Erasmus, L. IV, Ep. 31.
Poema de José Ángel Valente “Maquiavelo en San Casciano”:
(…)
Llega al cabo la noche.
Regreso al fin al término seguro
de mi casa y memoria.
Umbral de otras palabras,
mi habitación, mi mesa.
Allí depongo
el traje cotidiano polvoriento y ajeno.
Solemnemente me revisto
de mis ropas mejores
como el que a corte o curia acude.
Vengo a la compañía de los hombres antiguos
que en amistad me acogen
y de ellos recibo el único alimento
Sólo mío, para el que yo he nacido.
Con ellos hablo, de ellos tengo respuesta
Acerca de la ardua o luminosa
Razón de sus acciones.
Se apaciguan las horas, el afán o la pena.
Habito con pasión el pensamiento.
Tal es mi vida con ellos
que en mi oscura morada
ni la pobreza temo, ni padezco la muerte.


Por supuesto, no pude evitar que volviera a mi mente el soneto que, sin dudas, fue inspìrado por las palabras de la carta de Maquiavelo a Quevedo, y que todo amante de los libros conoce:


DESDE LA TORRE

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos,
y escucho con mis ojos a los muertos.

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan, o fecundan mis asuntos;
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.

Las grandes almas, que la muerte ausenta,
de injurias de los años vengadoras,
libra, ¡oh gran don Joseph!, docta la emprenta.

En fuga irrevocable huye la hora;
pero aquélla el mejor cálculo cuenta
que en la lección y estudios nos mejora.

Francisco de Quevedo (Parnaso español, 1648, núm. 115)

Me sentí espléndidamente alimentado por este enriquecimiento, que me llevó de la frase de maquiavelo aen español (a través de mi sed de conocer cómo habían sido sus textuales palabras en toscano), a dos intertextos que yo ignoraba: la carta de Erasmo y el poema de  Valente... junto con un soneto que conocía, pero que había vinculado sólo en mi inconsciente al fragmento original de Maquiavelo...

Jugosa lectura la que el día de hoy me dejó mi inquietud por las bellezas de los libros!

Diego Márquez Robledo

No hay comentarios:

Publicar un comentario